3. Hidronimia o toponimia relacionada con el agua

Tremeo

(Rumoroso, Polanco)
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El latín TREMERE, “temblar”, se encuentra en la base de una extensa nómina de términos castellanos, tales como temblar, trémulo, tremebundo, tremendo y, el que ahora más nos interesa, tremedal, con el significado de “terreno pantanoso, cubierto de turba”, debido a que su superficie, inestable por definición, retiembla cuando se anda sobre ella.

En el sur de Cantabria se emplea como sinónimo de tremedal el término vilga, que quizá pueda rastrearse en el hidrónimo Vilga o Virga, río sepultado por las aguas del Embalse del Ebro.

El patrimonio lingüístico de Cantabria cuenta con dos voces derivadas del latín TREMERE, “temblar”, que son triebe, con el significado de “barrizal en una montaña que se forma al bajar agua de una fuente”, de uso actual en Lamasón; y tremegales, “suciedad dejada en el suelo al pisar con calzado sucio”, de uso actual en Campoo de Suso. En asturiano y leonés se emplea la variante trieme con el significado de “tremedal”, treme en dialecto llanisco.

La toponimia de Cantabria recoge El Tremedal, en San Sebastián de Garabandal (Ayuntamiento de Rionansa); Ríu Pantrieme, en Puente Pumar (Ayuntamiento de Polaciones); y, por último, el pozo Tremeo, en Rumoroso (Ayuntamiento de Polanco). Este pozo es considerado desde antiguo como un ojo de mar, al igual que el Pozón de la Vega, en Peña Sagra, quizá debido a la oscuridad de sus aguas y a su alto contenido salino, en ambos casos como resultado de la alta concentración de materia orgánica en descomposición. A esta condición de ojo de mar se le suma la de barómetro; escribe Pascual Madoz en su conocido Diccionario publicado en Madrid entre 1845 y 1850 lo siguiente: “En su término municipal [Rumoroso] hay un pozo llamado de Tremeda que jamás se ha conocido agotado, a quien los habitantes consultan para las variaciones atmosféricas echando un pedazo de tierra cubierto de malezas acuáticas, la cual toma siempre una dirección hacia los extremos; si se dirige al de la parte del NE, está el tiempo en bonanza y pueden continuarse las faenas agrícolas; si toma otra dirección no se halla el tiempo seguro”. Esta práctica se inscribe en un contexto de subsistencia agónica en el que cualquier imprevisto atmosférico podía suponer la ruina de las cosechas y, por ende, de la economía familiar.